La palabra Música procede del latín Musica,
derivada, a su vez, del griego Mousike, palabra esta
última que tenía en su origen dos significados: uno general que
abarcaba todo lo relacionado con la educación del espíritu (colocada
bajo la advocación de las nueve Musas o diosas de las artes),
que se complementaba con la educación física o gymnastike,
y otro específico de arte sonoro, que es el que ha llegado hasta
nosotros.
La dificultad para definir la música ha sido siempre
proverbial. Ya Aristóteles llegó a la
conclusión de que, aunque la noción de Música era comprendida
por todo el mundo, resultaba extremadamente difícil llevar a
cabo una definición. No obstante, podemos definir la música como
el arte que se ocupa del material sonoro y de su distribución en
el tiempo. La unidad mínima de la organización musical es la
nota, un sonido con un tono y una duración específicos, de cuya
combinación surgen melodías y acordes. La organización de la
música implica por lo general la presentación de un material
básico que podrá luego repetirse con precisión o con cambios (variaciones),
alternarse con otros materiales o seguir actuando continuamente
para presentar nuevo material.
Tenemos, por lo tanto, dos componentes básicos dentro de la
música: el sonoro y el temporal que se presentan unidos de forma
inseparable, tanto en la creación como en la ejecución y en la
audición. Junto con ellos, es preciso tener también en cuenta el
componente intelectual, es decir, cómo influye la música sobre
el estado de ánimo de los oyentes.
Estos tres componentes, los dos primeros referidos a la
música en sí y el tercero a su influencia sobre el oyente, han
recibido diferente importancia en los autores que se han
preocupado de la materia. Algunos, como San Agustín
o San Isidoro, han hecho hincapié
en el primer aspecto (Ciencia de bien medir será la
definición de San Agustín y Ciencia de armonía medida la
de San Isidoro), en tanto que otros han considerado más
importante el segundo. Este es el caso del filósofo y compositor
Jean-Jacques Rousseau que definió
la música como "Arte de expresar determinados sentimientos de
un modo agradable al oído" o el compositor Héctor
Berlioz que la definió como "Arte de
conmover por la combinación de los sonidos a los hombres
inteligentes y dotados de una organización especial".
Es la disciplina que se ocupa del estudio histórico de las
distintas formas en las que se ha entendido la música, es decir,
de la evolución histórica del concepto "música".
A lo largo de la historia, han sido diversas las maneras en
las que los compositores y escritores que se han ocupado de la
música la han definido, aunque, básicamente, quepa distinguir
dos tendencias.
La primera de ellas, procede de la filosofía pitagórica y
considera que la música está relacionada con las matemáticas,
dado que se basa en correspondencias numéricas que se muestran
en las distancias entre las notas y la longitud de las cuerdas
en los instrumentos. Dichas correspondencias no serían sino el
reflejo de la armonía universal, que se basaba toda ella en la
proporción matemática. A causa de esto, se suponía también la
existencia de una música cósmica, la "Armonía de las Esferas",
que sería el sonido que harían los astros al girar.
La segunda de las tendencias se pone, por el contrario, en el
lado del oyente y considera fundamental la capacidad de conmover
de la música. La conciencia del poder de la música llevará a
numerosos autores a clasificar melodías e instrumentos según el
tipo de sentimiento que puedan despertar en el oyente e incluso
a buscar modelos de música adecuados para cosas tan diversas
como la educación o la medicina.
Estas dos ideas, adoptadas por el Cristianismo, permanecerán
en la formación de los músicos hasta entrado el siglo XVIII. La
segunda tendrá una importancia especial, toda vez que se verá
influida por la idea de que el arte debía imitar a la Naturaleza,
que será la base de la teoría artística europea hasta comienzos
del siglo XX. El resultado es que la música será considerada
como un arte de importancia secundaria, que debía ir subordinada
a un texto al que se limitaría a ilustrar. Las causas de esto
son dos: la primera, la escasa capacidad de la música para
imitar, salvo ruidos concretos y de forma muy limitada, y la
segunda, relacionada con la capacidad de conmover, el poder que
la música podía llegar a tener sobre el alma. Todo ello hace que
se considere a la música como un arte potencialmente peligroso,
ya que no se dirigía al intelecto, sino al sentimiento del
hombre. Por ello, se la subordina al texto y se compara su papel
con el del color dentro de un cuadro. Dentro de esta tendencia
cabe citar a escritores tan distantes en el tiempo como San
Agustín, Leibniz o Rousseau, que incluso
llegó a componer una ópera en la que ponía en práctica su teoría.
Por otra parte, la idea pitagórica hará de la música una rama
de las matemáticas y, como tal, se enseñará en la Universidad
desde la Edad Media dentro de las Artes Liberales
que integraban el Quadrivium, Aritmética, Música,
Geometría y Astronomía. Más delante, teóricos como
Gioseffo Zarlino y compositores como
Jean Phillipe Rameau o
Johann Sebastian Bach continuarán en la
estela del pitagorismo. De la mano de éstos, comenzará a
extenderse la música instrumental.
Ya a finales del siglo XVIII, el inicio de las corrientes
filosóficas que darán lugar al Romanticismo y la importancia que
conceden a lo irracional se plasmará en una consideración
completamente opuesta: la música ahora pasa a ser la más
importante de las artes por cuanto habla al sentimiento y no a
la razón y con ello apela a lo más profundo del ser del hombre.
En palabras de Schopenhauer, uno de los
muchos filósofos que, ya en el siglo XIX, se ocuparon del tema,
"La música expresa lo que hay de metafísico en el mundo,
la cosa en sí de cada fenómeno". Esta idea será la que
predomine a lo largo de todo el siglo XIX.
A comienzos del siglo XX, la gran ruptura que supone el arte
de vanguardia llevará a una diversificación de teorías en las
que, no obstante, será posible observar atisbos de las
tendencias básicas ya mencionadas, así como de la concepción
romántica de la música. Así, el formalismo de la obra de
Stravinsky es heredero de la corriente
pitagórica en tanto que la música como sentimiento pervive en la
obra de Richard Strauss.
Forma parte de la Estética de la Música y se ocupa de juzgar
tanto la composición como la ejecución de la música. Está
relacionada, además, con la industria musical, dado que surge
durante el siglo XVIII al calor de los primeros conciertos
públicos y de las primeras publicaciones periódicas y se
desarrolla a lo largo de los siglos siguientes.
Se conservan testimonios referidos a la música desde las
civilizaciones más antiguas, aunque de ninguna de ellas nos ha
llegado testimonio práctico alguno. Sí se conservan, en cambio,
instrumentos y escritos sobre música que dan una idea aproximada
de la práctica musical de estas civilizaciones (Mesopotamia,
Egipto, Grecia y Roma). Se ha conservado alguna composición
aislada, aunque la transcripción al sistema de notación actual
resulta siempre problemática. La música de Egipto y Mesopotamia
es desconocida en buena medida. Algo más se sabe de la griega y
la romana, descendiente directa esta última de la griega.
En general, nos han llegado testimonios sobre la música que
iba unida a la práctica religiosa de estas civilizaciones, sin
que sepamos nada de la música profana hasta llegar a Grecia y a
las civilizaciones antiguas que, como la china o la hindú, han
perdurado hasta nuestros días. En general, estas civilizaciones
otorgan a la música un origen divino y la suponen capaz de poner
al hombre en contacto con los dioses, así como de curar. También
es habitual, al menos desde Mesopotamia, la idea de relacionar
la música con el ciclo de la naturaleza (las estaciones del año,
el movimiento de los astros, etc.), que se plasma de inmediato
en el tipo de escalas que emplean (escalas que se deducen de los
instrumentos conservados). Tales escalas son de cinco y siete
sonidos en los casos de Mesopotamia y Grecia, las dos
civilizaciones de las que se ha llegado a saber algo.
Los instrumentos son de tres tipos: de viento (flautas por lo
general), arpas de cuerda y, sobre todo, gran variedad de
instrumentos de percusión. De Grecia y Roma han llegado a
nuestros días más testimonios, lo que permite conocer mayor
variedad de instrumentos, de entre ellos destacan la cítara y la
lira (ambas de cuerda pulsada) y, ya en Roma, la aparición de
instrumentos de viento fabricados en metal, así como la
aparición del órgano, todavía movido por agua.
La influencia de estas civilizaciones en la música posterior
se limitó a la teoría, dado que su tradición musical se perdió
con el paso del tiempo. Sí influyó, en cambio, el primitivo
canto cristiano, iniciado en los primeros tiempos de esta
religión, todavía en la clandestinidad y desarrollado en las
comunidades del Mediterráneo Oriental, en especial Antioquía.
Dos fueron las influencias básicas a la hora de crear este
canto: la música con la que la comunidad hebrea entonaba los
Salmos (básica en los núcleos iniciales del Cristianismo,
todavía de mayoría hebrea) y la música de los pueblos de cultura
griega que rodeaban al pueblo judío y con el que se mezclaron
pronto los primeros propagadores del Cristianismo. Se trataba de
un canto vocal, dado que los instrumentos estaban prohibidos en
el templo, en el que se entonaban tanto los salmos bíblicos como
los himnos de nueva creación. La diferencia en la interpretación
estaba marcada por el carácter del texto, de medida fija en los
salmos y variable en los himnos. La forma de interpretación era
habitualmente responsorial: un solista entonaba el canto y la
comunidad respondía con un estribillo.
Tras la proclamación del Cristianismo como religión oficial
del Imperio por parte del emperador Constantino
(Edicto de Milán, 312), el canto de la
liturgia cristiana se difundió y comenzó a mezclarse con las
tradiciones musicales de las diferentes regiones que formaban el
Imperio. Tras la división del Imperio llevada a cabo por
Teodosio en el año 395, también el canto
litúrgico se dividió en dos, una de ellas dio origen al rito
romano occidental (en cuyo seno surgió, ya en la Edad media, en
canto gregoriano) y la otra al que fue, tras el Cisma de Oriente,
rito ortodoxo oriental.
Abarca los siglos IV a XVI y comienza por una etapa de
orígenes (siglos VI a X) en la que se configura el canto
gregoriano (monodia) dentro de la Iglesia
y en la que aparecen los primeros ejemplos conocidos de música a
varias voces (polifonía), en general sobre temas del canto
gregoriano, que sólo se escribía para una voz (monodia). Poco
después, comienzan a aparecer los primeros compositores profanos,
los trovadores (s. XI) y troveros (trouveres) franceses y
los Minnesänger o Minnesinger
alemanes (s. XII). Todos ellos componen sus propias melodías y
sus textos.
Al mismo tiempo, la polifonía religiosa va avanzando y llega
a una primera madurez en las llamadas Escuela de St. Martial de
Limoges y Escuela de Nôtre-Dame de París, en la que destacan los
maestros Leonin y Perotin. Cercana a la Escuela de Notre-Dame (y
a veces identificada con ella) se encuentra el Ars Antiqua
(Arte Antiguo, ca. 1240-ca. 1320) en la
que se desarrollan géneros como el motete y la canción
polifónica y en la que destacan compositores como Jacobus de
Lieja, Franco de Colonia o Adam de la Halle.
A continuación, nos encontramos con el Ars Nova (Arte
Nuevo, ca. 1320-ca. 1380) Tiene su centro en
París y debe su nombre a la obra del compositor Philippe de
Vitry, en la que se criticaba la forma de
componer del Ars Antiqua (a la que se da este nombre por
primera vez) y se proponía la composición a partir de un arte
nuevo que buscaría una mayor dificultad formal y que
llegaría a su extremo con el Ars Subtilior
(Arte más sutil) del siglo XIV. Durante este período, se
perfecciona el sistema de escritura musical y se llega a tales
atrevimientos en la composición para la Iglesia que el papa
Juan XXII llegó a prohibir su
interpretación. Ello llevará a la composición de una música más
sencilla, aunque la orden papal no parezca haber sido obedecida
de forma total, dado que la polifonía prosiguió su desarrollo
hasta finales del siglo XVI. De entre los compositores del
Ars Nova, destacan el mencionado Vitry y Guillaume de
Machaut y de sus logros formales cabe
destacar el comienzo de la composición de misas completas. La
más antigua conservada es la Misa de Nôtre-Dame de
Machaut.
En la primera mitad del siglo XIV, comienza a desarrollarse
en Italia el madrigal, género profano
compuesto en principio a dos voces que llegará hasta entrado el
siglo XVII y que logrará gran éxito, ya que se compuso, en su
estilo, por toda Europa. Es el género que marca la transición
hacia el Renacimiento.
Se suele indicar como iniciadores del Renacimiento musical al
grupo de compositores que se encuentran en la corte de Borgoña
bajo los duques Felipe el Bueno (1419-1467) y Carlos
el Temerario (1467-1477), donde se encuentran reunidos,
entre otros, Guillaume Dufay, Pierre
Fontaine, Robert Morton y Gilles Binchois.
Por los mismos años, en Inglaterra, John Dunstable
compuso según un estilo que, algo anticuado para los
compositores del continente, va a inspirarles un aire nuevo, más
sencillo, que busca distanciarse del preciosismo formal del
Ars Subtilior. Serán Binchois y Dufay los primeros en
fijarse en el modelo inglés para imitarlo. Ello se va a traducir
en una melodía más fluida y un ritmo más sencillo, con
frecuencia de danza. Se conoce a estos compositores como Escuela
Franco-Flamenca y dentro de ella destacarán Antonie Busnois,
Johannes Ockeghem en la segunda, en la
tercera Jean Mouton, Heinrich Isaak,
Jacob Obrecht, Josquin
Desprez, Nicolás Gombert
y Orlando de Lassus.
El viaje de muchos de estos compositores a Italia (así
Josquin, Verdelot, Lassus o Willaert) hace que su estilo influya
en el de los compositores italianos, detenidos en la tradición
del madrigal primitivo. Esta influencia se hará palpable en la
Escuela Romana que florece a mediados del XVI y en la que
destacan Constanzio Festa, Giovanni Maria
Nannino y, sobre todo, Giovanni Pierluigi da Palestrina.
Estos compositores se caracterizarán por mezclar elementos de la
tradición franco-flamenco con una sonoridad diferente, así como
por lo abundante de su producción religiosa, adecuada ya a las
normas musicales del Concilio de Trento. Algo posterior en el
tiempo y ya de transición hacia el Barroco es la Escuela
Veneciana, que se caracteriza por el empleo de combinaciones de
varios coros y por una música de sonoridades ricas y coloristas
en la que las voces humanas se mezclan con instrumentos.
Destacan en ella Cipriano da Rore,
Baldasare Donato y los dos Gabrieli (Andrea
y Giovanni).
Los problemas religiosos del Renacimiento se muestran en la
música tanto en el lado católico (como hemos visto con la
Escuela Romana) como en el protestante, donde se adaptará la
música a las necesidades del nuevo culto, que preferirá piezas
simples, de estructura sencilla y de carácter popular. Destacan
compositores como Hans Leo Hassler,
Michael Praetorius o Lukas Ossiander.
En la España del Renacimiento destaca la obra de Cristóbal de
Morales, Francisco Guerrero y Tomás
Luis de Victoria, tres de los principales
compositores del período.
El período barroco se extiende en la música entre,
aproximadamente, 1600 y 1750 y se caracteriza, principalmente,
por el empleo del bajo continuo, que
consiste en que la voz más grave de la pieza suene continuamente
y con sus notas imponga la armonía del resto de las partes.
Junto a ello, va a destacar el gusto por el contraste, que en el
campo musical se muestra en el mayor empleo de instrumentos
frente al predominio de las agrupaciones vocales que se habían
dado hasta entonces (aunque ya en el Renacimiento se comiencen a
publicar obras para conjunto instrumental). Poco a poco, los
instrumentos van adquiriendo la misma importancia que los
géneros vocales, haciéndose finalmente independientes de éste en
el concerto grosso que enfrenta dos grupos de instrumentos, uno
más grande que otro, entre los que se busca el contraste de
sonido.
Junto a este gusto por el contraste, el interés del Barroco
por la representación y por lo espectacular va a dar lugar al
nacimiento de dos géneros de gran importancia: la ópera
y el oratorio, ambos géneros
cantados en los que se desarrolla una historia que en el segundo
de los casos no llega a representarse por ser de tema religioso
y cantarse en la iglesia. El éxito popular de la ópera hace que
la música religiosa acerque a aquella sus estructuras en géneros
preexistentes como la misa, el
motete o la pasión.
Por su parte, la ópera será el mejor testigo de la evolución
de la sociedad del Barroco. Las polémicas en torno a la licitud
de la ópera como espectáculo y el nacimiento de la ópera bufa,
retrato de la sociedad burguesa que empieza a crearse, marcan la
transición hacia el Clasicismo.
En toda la música del Barroco tiene gran importancia de
llamada "Teoría de los Afectos", que pretendía que cada tipo de
música correspondía con un estado anímico diferente. Ello se
plasmará sobre todo en la ópera, pero será frecuente también en
la música instrumental, pues se asignaba a cada instrumento una
de las situaciones anímicas.
En el período barroco aparece la mayor parte de los géneros
que llegan hasta el siglo XX. Así, además de la ópera y el
oratorio ya mencionados, surgen géneros instrumentales como la
sinfonía, el concierto,
la sonata o la suite.
Asimismo, es en la época barroca cuando se consolida el sistema
tonal que ha de emplear la música europea hasta comienzos del
siglo XX.
De entre los compositores principales de este período,
destacan Johann Sebastian Bach,
Georg Friedrich Händel, Antonio
Vivaldi, Henry Purcell
o Georg Philipp Telemann.
El Clasicismo abarca aproximadamente la segunda mitad del
siglo XVIII y supone el período que en el resto de las artes es
conocido como Neoclasicismo. En música, al no existir apenas
vestigios musicales de la antigüedad grecorromana, se emplea el
término Clasicismo y se toma como referencia su doctrina
estética: medida, número y orden son los cánones clásicos de la
composición. Se pretenderá imitar la naturaleza incluso en la
música; para ello, se tiende a la simplicidad de formas y a la
claridad de líneas.
Desde el Barroco, se llega hasta el Clasicismo a través del
llamado Período Galante, que se oponía a la rigidez y la
complejidad del Barroco y buscaba una música fácil de comprender
en la que la melodía tenía un papel principal. Esta facilidad da
paso a la claridad de líneas mencionada, claridad que no
significa falta de sentimiento, muy al contrario, pronto serán
evidentes en la música las huellas del movimiento poético Sturm
und Drang (Tormenta e Impulso) que
se plasmarán en el llamado Estilo Sentimental que primará
en la música de la Escuela de Manheim. Finalmente, se entiende
por Clasicismo Pleno el que abarca los años de
Haydn, Mozart
y Beethoven, que constituyen la
llamada Primera Escuela en Viena.
En los géneros se producen algunos cambios y mientras
desaparecen la suite y el concerto grosso y cristalizan la
sonata y la sinfonía,
se mantienen la ópera, el
oratorio, aunque con transformaciones
debidas a los cambios en los gustos del público, que se
diversifica y busca también argumentos cómicos. Asimismo, se
evidencia la importancia del público en la abundancia de
música de cámara compuesta y publicada
para que los aficionados la interpretaran en veladas domésticas.
El período romántico abarca en la música desde 1800, fecha de
la Primera Sinfonía de Beethoven, hasta 1914, fecha del
inicio de la Primera Guerra Mundial. Beethoven será el autor que
sirva de bisagra entre el Clasicismo y el Romanticismo, pues su
formación y buena parte de su obra serán clásicas, pero su
actitud como artista será ya plenamente romántica. Beethoven
será, además, la figura paradigmática que sirve como modelo a
todos los románticos.
El Romanticismo se caracteriza por la búsqueda de lo absoluto
que se plasma en la reacción contra los cánones clásicos, la
prioridad de la expresión de la propia intimidad y el deseo de
conmocionar afectivamente al público. La mencionada búsqueda de
lo absoluto se plasma en la consideración de la música como un
lenguaje privilegiado capaz de llegar al sentimiento sin pasar
por la razón. De esta manera, la música instrumental tendrá gran
desarrollo, marcado en buena medida por el deseo del compositor
de hacerse con un lenguaje propio, aunque la música vocal
conozca también un auge merced a la importancia que se otorga a
géneros como la ópera y la canción.
El público se convierte en árbitro del éxito. Los
compositores no escriben ya para la nobleza o la Iglesia, sino
para el gran público. Al mismo tiempo, los avances tecnológicos
en el campo de los instrumentos musicales les otorga una mejor
sonoridad y una mayor capacidad técnica. El piano será el
instrumento más afectado por estas mejoras y, a la vez, el que
tenga un mayor éxito social, tanto en salas de concierto como en
salones particulares.
Los compositores van a buscar un estilo que les distinga y
para ello harán un uso muy personal de los procedimientos de
composición heredados del Clasicismo. Ello redundará en una
debilitación del sistema tonal que se había creado a partir del
Barroco.
El Romanticismo se inicia, musicalmente hablando, en la Viena
de principios del XIX para acabar alcanzando a Europa entera y a
los puntos más europeizados de otros continentes y se
caracterizará por los contrastes: el intimismo de la música de
cámara o la canción junto a lo aparatoso de la ópera o de la
gran orquesta sinfónica, que aumenta cada vez más a lo largo del
siglo, o el universalismo y la búsqueda de lo absoluto del genio
romántico frente al interés por el folclore que se muestra en la
aparición de las escuelas nacionalistas rusa o checa.
También será el siglo XIX el que vea el comienzo de los
estudios musicológicos de carácter histórico que permiten
conocer numerosas obras del pasado que se habían olvidado.
De entre los compositores destacan, además del mencionado
Beethoven, Franz Schubert, Robert
Schumann, Johannes Brahms,
Férenc Liszt, Felix
Mendelssohn, Richard Wagner,
Hector Berlioz, Gioacchimo
Rossini o Giuseppe Verdi.
El siglo XX se va a caracterizar, como en el resto de las
artes, por la ruptura con la tradición cultural anterior y por
la diversidad de estilos que surge de tal ruptura.
Ya dentro del siglo XIX, comienzan a surgir compositores que
buscan un camino nuevo que se aparta de la tradición seguida
hasta aquí. Cabe destacar en este aspecto a Claude Debussy
y a Maurice Ravel, principales
integrantes del Impresionismo
francés o a los compositores del Expresionismo
alemán. Junto a ellos, aparecen compositores que, como
Gustav Mahler o Richard Strauss, llevan a
sus últimas consecuencias los logros del Romanticismo en el
llamado Post-romanticismo.
No obstante, esta situación se romperá con el deseo de las
Vanguardias de romper con la tradición
para buscar un sistema musical nuevo. En este campo destacarán
los integrantes de la Segunda Escuela de Viena, Alban
Berg, Arnold Schönberg
y Anton Webern, que cultivarán el
Dodecafonismo o uso libre de los
doce sonidos de la escala cromática, estilo que se seguirá
usando años después de la muerte de sus primeros cultivadores.
Ejemplo de estos continuadores serán Luigi Dallapiccola
y Olivier Mesiaen.
Otra forma de oposición al espíritu del Romanticismo es el
Neoclasicismo, que surge hacia 1920 y que
incluye los logros compositivos del Impresionismo y el
Expresionismo. La actitud antirromántica se muestra en la
importancia que se da a la forma frente al predominio del
sentimiento en la música del XIX. Destacan entre sus
cultivadores Igor Stravinsky,
Sergei Prokoviev, Darius
Milhaud y Arthur Honegger.
Tras la Segunda Guerra Mundial, se produce un deseo de
recuperación que se manifiesta en una creación que busca agrupar
tendencias, desde la tradición clásica a los logros de la
Vanguardia, pasando por la música ligera y el empleo de los
avances tecnológicos en el campo de la reproducción del sonido.
Será excelente ejemplo de esta tendencia el británico Benjamin
Britten, que emplea de forma ecléctica los
estilos más diversos de acuerdo con el espíritu de la obra a la
que se enfrente.
Otras tendencias de postguerra serán la Música Concreta
de Pierre Schaeffer, la Música
Experimental (obras musicales que a menudo se interrelacionan
con el teatro, la danza, la plástica y otras artes) del
estadounidense John Cage, el
Serialismo en el que trabajan Geörgy Ligeti
y Kristof Penderecki, la Música
Electroacústica, iniciada por Eimert y continuada por
Stockhausen o el Minimalismo
de La Monte Young, Terry Rirey, Steve Reich
y Philip Glass.
A pesar de todos los cambios acontecidos, la ópera sigue viva
como género e institución. Entre sus principales representantes
están el mencionado Benjamin Britten y
Hans Werner Henze. No se trata, no
obstante, de óperas convencionales, o no siempre, sino que
buscan experimentar a la vez con las nuevas tendencias
dramáticas y musicales. Asimismo, se recurre otra vez a los
antiguos géneros (sinfonías, cuartetos de cuerda) y también a
combinaciones de los mismos, aunque sin las profusas
explicaciones que la vanguardia de los años cincuenta y sesenta,
se sentía obligada a dar para justificar su pluralidad musical.
Los elementos básicos de la música son aquellos que se
emplean para organizar cualquier tipo de pieza musical, desde
una melodía simple con una escala de tres notas y una duración
mínima (como sucede en la música folclórica más simple), hasta
las obras más complejas imaginables. Los dos elementos básicos
son el sonido y el ritmo. Ambos aparecen de forma conjunta en la
música ordenados a partir de estructuras sonoras y rítmicas que
son distintas en los diferentes sistemas musicales que conviven
en el mundo. Las estructuras rítmicas básicas son el pulso y el
compás y las melódicas, la melodía y la armonía.