L  a  G r a n  E n c i c l o p e d i a   I l u s t r a d a  d e l   P r o y e c t o  S a l ó n  H o g a r

 

Taller de Lectura

 

SAN JUAN, CIUDAD AMURALLADA

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—¡Sandra! Va a empezar tu programa —gritó doña Delia.

La niña siempre veía un programa musical que pasaban los jueves por la noche. Era su programa favorito. Llegó corriendo de su cuarto, justo a tiempo para ver el comienzo.

Empezaron a cantar «En mi viejo San Juan», mientras la cámara iba recorriendo muchos lugares de la ciudad antigua, sobre todo sus grue­sas murallas y sus garitas. Era muy bonito todo aquello.

Murallas del Morro y una Garita para los guardias

 

—¡Qué pena no haberlo grabado, mamá! —dijo Sandra al terminar el programa—. ¿Viste qué bellos los paisajes del Viejo San Juan? ¡Qué murallas tan grandes! ¿Para qué las querrían?

—Para protegerse de los ataques extranjeros —le informó la mamá.

— ¿Ataques? ¿Cómo que ataques? —preguntó Sandra sorprendida.

—Claro que eso pasó hace mucho tiempo, en los tiempos de España.

Déjame buscar un libro de historia para darte la fecha exacta.

—Aquí lo tengo. Mira, dice que España tenía que cuidar sus colonias, por eso en la Ciudad de Puerto Rico, que así se llamaba antes San Juan, se hizo la primera construcción para su defensa entre mil quinientos treinta (1530) y mil quinientos cincuenta (1540). Ese edificio ha recibido varios nombres a través del tiempo: la Fuerza, Fuerza Vieja, la Fortaleza y Palacio de Santa Catalina. Es donde vive hoy el Gobernador de Puerto Rico. Ya no es una construcción del ejército sino un hermoso palacio.

 

Él Palacio de Santa Catalina de frente, abajo la Puerta de San Juan.

Más tarde construyeron el castillo de San Felipe del Morro, cuyo propósito era proteger la entrada a la bahía de San Juan.

La tercera fortificación fue el fuerte de San Cristóbal, que no se terminó hasta el siglo XVII.

Pero cada día que pasaba se hacía más y más necesario proteger las ciudades con murallas. En 1631 se empezó a trabajar con mucho entusiasmo en una gran muralla que rodeara la ciudad de Puerto Rico. Se construyó primero la sección del oeste, frente a la bahía; luego la del sur, más tarde las del este y el norte. Esas son las mismas que acabas de ver en el programa de hoy.

—¡Tan antiguas son, mamá! —exclamó Sandra, con gran sorpresa.

—Sí, así es. La altura del muro era de 15 pies, aunque en algunos puntos llegaba a 50. Para entrar a la ciudad o salir de ella había que hacerlo por alguna de las tres puertas que había: la de San Juan, la de los Santos Justo y Pastor, y la de Santiago, más tarde Puerta de Tierra. Sólo estaban abiertas durante el día; por la noche no se podía salir.

«Centinela, alerta» era el grito que avisaba a los habitantes de San Juan de que todo estaba en calma.

En eso sonó el teléfono.

—Es para ti, Sandra. Tu prima Isabelita.

—Gracias, mamá.

—Mamá, ¡qué alegría! —gritó Sandra desde el teléfono—. Isabelita grabó el programa. Mañana volveré a verlo y me fijaré con más cuidado en las murallas de San Juan.


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