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![]() El periodo colonial
Proyecto Salón Hogar
-- Escritor y agricultor estadounidense
J. Hector St. John de Crèvecoeur, 1782 NUEVOS PUEBLOS La mayoría de los colonizadores que llegaron a América del Norte en el siglo XVII eran ingleses, pero también se asentaron holandeses, suecos y alemanes en la región media; unos cuantos hugonotes franceses en Carolina del Sur y otros lugares; esclavos traídos de África se asentaron sobre todo en el sur; y grupos dispersos de españoles, italianos y portugueses en todas las colonias. A partir de 1680, Inglaterra dejó de ser la fuente principal de la inmigración y fue suplantada por los escoceses y los "escocés-irlandeses" (protestantes de Irlanda del Norte). Además, decenas de miles de refugiados salieron del noroeste de Europa huyendo de la guerra, la opresión y los hacendados ausentistas. Ya en 1690, la Unión Americana tenía un cuarto de millón de habitantes. A partir de entonces, su población se duplicaría cada 25 años, hasta que en 1775 llegó a totalizar más de 2,5 millones. Aun cuando las familias se mudaban ocasionalmente de una colonia a otra, las diferencias entre las colonias eran marcadas y lo eran aún más entre las tres agrupaciones regionales de colonias. NUEVA INGLATERRA Las colonias de Nueva Inglaterra, en el noreste, tenían en general suelos someros y pedregosos, no mucha tierra nivelada e inviernos largos, por lo cual allí era difícil ganarse la vida con la agricultura. En la búsqueda de otras ocupaciones, los habitantes de la región aprovecharon la energía del agua y construyeron molinos de grano y aserraderos. La abundancia de madera fomentó la fabricación de barcos. Sus excelentes puertos alentaron el comercio, y el mar llegó a ser fuente de grandes riquezas. En Massachusetts la industria del bacalao, por sí sola, sirvió de base para la prosperidad. En virtud de que la mayoría de los primeros colonizadores vivían en aldeas y poblados junto a los puertos, muchos habitantes de Nueva Inglaterra iniciaron algún tipo de industria o empresa. Pastizales y arboledas de propiedad común satisfacían las necesidades de la gente de la ciudad, que atendían pequeñas granjas en las cercanías. Lo compacto de los asentamientos permitió crear la escuela y la iglesia del pueblo y el ayuntamiento local, donde los ciudadanos se reunían a discutir los asuntos de interés común. La Colonia de la Bahía de Massachusetts expandió sin cesar su comercio; alcanzó la prosperidad desde mediados del siglo, y Boston llegó a ser uno de los puertos más grandes de Estados Unidos. La madera de roble para construir cascos de barco, los altos pinos para hacer los mástiles y la brea para calafatear las uniones se traían de los bosques del noreste. Al construir sus propios navíos y viajar en ellos a todos los puertos del mundo, los fabricantes de buques de la bahía de Massachusetts sentaron los cimientos de un comercio que habría de tener cada día más importancia. Al final de la época colonial, un tercio de los buques de la flota británica se construían en Nueva Inglaterra. La pesca, los productos náuticos y los artículos de madera engrosaron las exportaciones. Los mercaderes y exportadores de Nueva Inglaterra pronto descubrieron que el ron y los esclavos eran artículos lucrativos. Una de las prácticas comerciales más pródigas de la época -- aunque desagradable -- era el "comercio triangular". Los traficantes compraban esclavos frente a las costas de África, los pagaban con ron de Nueva Inglaterra y luego los vendían en las Antillas; allí compraban melaza que vendían a los fabricantes locales de ron a su regreso a casa. LAS COLONIAS DE LA REGIÓN MEDIA La sociedad de las colonias de la región media era mucho más variada, cosmopolita y tolerante que la de Nueva Inglaterra. Bajo la guía de William Penn, Pennsylvania funcionó bien y creció con rapidez. En 1685 ya tenía casi 9.000 habitantes. El corazón de la colonia era Filadelfia, una ciudad que pronto sería conocida por sus amplias calles arboladas, sus sólidas casas de piedra y ladrillo, y la intensa actividad de sus muelles. Al final de la época colonial, casi un siglo después, sus 30.000 residentes representaban muchos idiomas, credos y oficios. Su talento para tener éxito en el comercio hizo de la ciudad uno de los centros más prósperos del imperio británico. Si bien los cuáqueros predominaban en Filadelfia, en el resto de Pennsylvania estaban bien representados otros grupos. Los alemanes llegaron a ser los granjeros más diestros de la colonia. También fueron importantes las industrias familiares, como las de tejidos, fabricación de calzado o muebles, y otros oficios. Además, Pennsylvania fue la puerta principal del Nuevo Mundo para los escocés-irlandeses que llegaron a la colonia a principios del siglo XVIII. Ellos tendían a establecerse en la espesura del bosque, donde desmontaban la tierra y vivían de la caza y la agricultura de subsistencia. Nueva York fue la mejor muestra del carácter políglota de Norteamérica. En 1646, la población asentada en las riberas del río Hudson incluía holandeses, franceses, daneses, noruegos, suizos, ingleses, escoceses, irlandeses, alemanes, polacos, bohemios, portugueses e italianos. Los holandeses siguieron teniendo una importante influencia económica y social en la región de Nueva York mucho después de la caída de Nueva Holanda y de su integración al sistema colonial británico. Las casas con agudos techos de dos aguas llegaron a ser un rasgo permanente de la arquitectura de la ciudad y los mercaderes dieron a Manhattan gran parte de su bulliciosa atmósfera comercial. LAS COLONIAS DEL SUR A diferencia de Nueva Inglaterra y las colonias de la región media, los asentamientos del sur eran predominantemente rurales. A fines del siglo XVII, la base de la estructura económica y social de Virginia y Maryland eran los grandes hacendados y los pequeños propietarios rurales. Los hacendados de la región de marismas, con el trabajo de esclavos, detentaban casi todo el poder político y las mejores tierras. Ellos erigieron grandes mansiones, adoptaron una forma aristocrática de vida e hicieron todo posible por mantenerse en contacto con el mundo de la cultura en el exterior. Los pequeños propietarios rurales, que cultivaban extensiones más pequeñas, se organizaron en asambleas populares y hallaron la forma de ocupar cargos políticos. Su abierta actitud de independencia era una continua advertencia para que la oligarquía de los dueños de plantaciones no usurpara demasiado los derechos de los hombres libres. Los colonizadores de las Carolinas pronto aprendieron a combinar la agricultura y el comercio, y el mercado llegó a ser una importante fuente de prosperidad. Los densos bosques produjeron réditos: la madera, el alquitrán y la resina de los pinos de hoja larga figuraban entre los mejores materiales del mundo para la fabricación de barcos. Sin estar atadas a un solo cultivo como lo estaba Virginia, Carolina del Norte y del Sur produjeron e importaron también arroz e índigo, un tinte azul que se extraía de plantas nativas y se usaba para teñir telas. Hacia 1750, más de 100.000 personas vivían en las dos colonias de Carolina, la del Norte y la del Sur. Charleston, en Carolina del Sur, llegó a ser el principal puerto y centro comercial de la región. En las colonias más australes, como en todas las demás, el crecimiento de la población en las comarcas apartadas tuvo especial importancia. Los inmigrantes alemanes y los escocés-irlandeses no deseaban vivir en los asentamientos originales de marea donde la influencia inglesa era fuerte y se internaron más en el país. Pese a que las penurias eran enormes, los infatigables colonizadores siguieron llegando y en la década de 1730 se concentraron en el valle Shenandoah de Virginia. Muy pronto el interior quedó salpicado de granjas. Aun viviendo en el borde del territorio indígena, las familias de la frontera construyeron cabañas, desmontaron partes de bosque y cultivaron maíz y trigo. Se alimentaban de venado, pavo salvaje y pescado. Tenían sus propias diversiones: grandes banquetes con "barbacoa", bailes, fiestas para estrenar la vivienda de los recién casados, competiciones de tiro al blanco y concursos de confección de edredones. Los cobertores de ese tipo siguen siendo una tradición en Estados Unidos. SOCIEDAD, ESCUELAS Y CULTURA Un factor importante que evitó el surgimiento de una aristocracia o clase alta poderosa en las colonias fue el hecho de que todos sus pobladores tenían la opción de establecerse en otras tierras, allá en la frontera. Una y otra vez, los personajes dominantes de las regiones de marisma se sentían obligados a liberalizar sus políticas, los requisitos para la concesión de tierras y lo referente a prácticas religiosas, ante la amenaza de provocar un éxodo masivo a la frontera. Otro hecho de igual importancia para el futuro fue que en el periodo colonial se sentaron las bases de la educación y la cultura en Estados Unidos. La Escuela Superior de Harvard fue fundada en 1636 en Cambridge, Massachusetts. Hacia el final del siglo se estableció en Virginia la Escuela Superior de William and Mary. Unos cuantos años después la Escuela Colegiada de Connecticut, que más tarde sería la Universidad Yale, recibió su carta constitutiva. Sin embargo fue aun más notable el desarrollo de un sistema escolar financiado por la autoridad del gobierno. El énfasis puritano en la lectura directa de la Biblia subrayó la importancia de la alfabetización. En 1647 la Colonia de la Bahía de Massachusetts promulgó la ley sobre "el viejo y engañoso Satanás", por la cual se exigió que todo poblado donde vivieran más de 50 familias fundara una escuela de gramática (es decir, una escuela de latín donde se preparaba a los estudiantes para la educación superior). Poco después, todas las demás colonias de Nueva Inglaterra siguieron su ejemplo, con excepción de Rhode Island. Los peregrinos y los puritanos trajeron consigo sus pequeñas bibliotecas y siguieron importando libros de Londres. Ya en la década de 1680, los libreros de Boston tenían un próspero negocio con la venta de obras de literatura clásica, historia, política, filosofía, ciencia, teología y "bellas letras". La primera imprenta de las colonias inglesas, que fue la segunda de América del Norte, fue instalada en la Escuela Superior Harvard en 1638. La construcción de la primera escuela de Pennsylvania se inició en 1683. En ella se enseñaba lectura, escritura y teneduría de libros. A partir de entonces todas las comunidades cuáqueras impartieron la enseñanza elemental a sus hijos. La educación más avanzada -- en lenguas clásicas, historia y literatura -- se impartía en la Escuela Pública Friends, que todavía hoy funciona en Filadelfia con el nombre de Escuela Colegiada William Penn. La educación era gratuita para los pobres, pero los padres que tenían recursos debían pagar una cuota. En Filadelfia, muchas escuelas privadas sin filiación religiosa enseñaban idiomas, matemáticas y ciencias naturales; también había escuelas nocturnas para adultos. Las mujeres no estaban del todo excluidas, pero sus oportunidades educativas se limitaban a la capacitación para actividades propias del hogar. Las hijas de los ciudadanos prósperos de Filadelfia tenían maestros particulares de francés, música, danza, pintura, canto, gramática y a veces teneduría de libros. En el siglo XVIII, el desarrollo intelectual y cultural de Pennsylvania reflejaba en gran medida la vigorosa personalidad de dos hombres: James Logan y Benjamin Franklin. Logan era el secretario de la colonia y fue en su excelente biblioteca donde el joven Franklin conoció las obras científicas de más actualidad. En 1745, Logan construyó un edificio para alojar su colección y donó a la ciudad tanto el edificio como los libros. Franklin contribuyó aún más a la actividad intelectual de Filadelfia. Fundó un club de debates que llegó a ser el embrión de la Sociedad Filosófica de los Estados Unidos. Sus actividades condujeron también a la fundación de una academia pública que más tarde sería la Universidad de Pennsylvania. Franklin fue un factor esencial en la creación de una biblioteca por suscripción, que él mismo describió como "la madre de todas las bibliotecas norteamericanas de suscripción". En las colonias del sur, los hacendados y los comerciantes ricos traían mentores particulares de Irlanda o Escocia para que educaran a sus hijos. Otros enviaban a sus descendientes a escuelas en Inglaterra. Teniendo a su alcance esas oportunidades adicionales, las clases altas de la región de marismas no tenían interés en apoyar la educación pública. Además, la proliferación de granjas y plantaciones dificultó la creación de escuelas de la comunidad. A pesar de todo, el deseo de aprender no se confinaba en los linderos de las comunidades establecidas. En la frontera, los escocés-irlandeses, aunque vivían en cabañas primitivas, eran firmes partidarios de la educación e hicieron grandes esfuerzos para llevar ministros ilustrados a sus asentamientos. La producción literaria en las colonias se limitó en gran parte a Nueva Inglaterra. En esa región la atención se centraba en temas religiosos; los sermones eran el material más común para la imprenta. Un célebre ministro puritano, el reverendo Cotton Mather, escribió cerca de 400 libros. En su obra maestra, Magnalia Christi Americana, presentó el relato de la historia de Nueva Inglaterra. Sin embargo la obra más popular de la época fue el largo poema del reverendo Michael Wigglesworth titulado "El Día del Juicio", donde se describe el juicio final con tintes terroríficos. En 1704 fue fundado el primer periódico colonial de éxito, en Cambridge, Massachusetts. En 1745 ya se publicaban 22 periódicos en la Norteamérica británica. En Nueva York se dio un paso importante para establecer el principio de la libertad de prensa con el caso de Johann Peter Zenger, cuyo diario New York Weekly Journal, fundado en 1733, era la voz de la oposición al gobierno. Al cabo de dos años de publicarse el periódico, el gobernador de la colonia ya no pudo tolerar los comentarios satíricos de Zenger y lo envió a la cárcel bajo el cargo de difamación. Zenger siguió editando su diario desde la cárcel durante los nueve meses de su juicio, el cual suscitó gran interés en todas las colonias. Andrew Hamilton, el eminente abogado que defendió a Zenger, demostró que los cargos publicados por éste eran veraces y por lo tanto no constituían una calumnia. El jurado dictó un veredicto de inocencia y Zenger quedó libre. La creciente prosperidad de las ciudades suscitó el temor de que el demonio estuviera atrayendo a la sociedad a la búsqueda de ganancias mundanas y pudo haber contribuido a la reacción religiosa de la década de 1730 conocida como el Gran Despertar. Sus dos fuentes inmediatas fueron George Whitefield, un cristiano renacido que llegó de Inglaterra en 1739, y Jonathan Edwards que era miembro de la Iglesia Congregacional de Northampton, Massachusetts. La persona más prominente en la que Whitefield y el Gran Despertar influyeron fue Edwards, cuya aportación más memorable fue su sermón "Los pecadores en las manos de un Dios iracundo" en 1741. Edwards rechazaba la teatralidad y pronunciaba sus sermones en un tono tranquilo y reflexivo, argumentando que las iglesias establecidas trataban de privar al cristianismo de su función de redención de pecadores. En su obra magna, Of Freedom of Will (Sobre el libre albedrío) de 1754, trató de reconciliar el calvinismo con la Ilustración. El Gran despertar dio lugar a varias denominaciones evangélicas y al espíritu del movimiento renovador de la fe que aún hoy tiene un papel significativo en la vida religiosa y cultural de Estados Unidos. Con él se debilitó la posición del clero establecido y se indujo a los creyentes a confiar en su propia conciencia. Tal vez lo más importante fue que eso dio lugar a la proliferación de sectas y denominaciones, lo cual fomentó a su vez la aceptación general del principio de la tolerancia religiosa. SURGE EL GOBIERNO COLONIAL Un rasgo notable en las primeras fases del desarrollo colonial fue que el gobierno inglés no ejerció su influencia para tener el control. Con excepción de Georgia, todas las colonias se fundaron como compañías de accionistas o como propiedades feudales creadas mediante una carta constitutiva otorgada por la Corona. Por supuesto, el hecho de que el rey hubiera transferido su soberanía inmediata en los asentamientos del Nuevo Mundo a compañías de accionistas y propietarios no significó que los colonizadores de Norteamérica estuvieran exentos de control externo. Por ejemplo, bajo las condiciones de la carta constitutiva de la Virginia Company, la compañía misma estaba investida de toda la autoridad gubernamental. Sin embargo, la Corona esperaba que dicha compañía residiera en Inglaterra. Así pues, los habitantes de Virginia no tenían más voz en su gobierno que si el rey mismo hubiera retenido su mandato absoluto. Pese a todo, las colonias se vieron a sí mismas como mancomunidades o estados muy similares a la propia Inglaterra, que sólo tenían un nexo informal con las autoridades de Londres. En una u otra forma, el gobierno exclusivo del exterior se marchitó. Los colonizadores -- herederos de la larga tradición inglesa de lucha por la libertad política -- incorporaron el concepto de libertad a la primera carta constitutiva de Virginia. En ella se dispuso que los colonizadores ingleses podrían gozar de todas las libertades, privilegios y garantías, "como si fueran súbditos respetuosos nacidos en este nuestro Reino de Inglaterra". Por lo tanto, ellos gozarían de todos los beneficios de la Carta Magna -- la carta de libertades políticas y civiles concedidas por el rey Juan a los ingleses en 1215 -- y del derecho consuetudinario (el sistema legal inglés basado en la jurisprudencia o tradición jurídica, no en la ley estatutaria). En 1618 la Virginia Company dio instrucciones a su gobernador designado para que permitiera a los habitantes libres de las plantaciones elegir a sus representantes, los cuales se reunirían con el gobernador y con un consejo de designaciones a fin de aprobar ordenanzas para el bienestar de la colonia. Resultó que esas medidas fueron las de más largo alcance en todo el periodo colonial. A partir de entonces se aceptó, en general, que los colonizadores tenían derecho a participar en su propio gobierno. En la mayoría de los casos, en la carta constitutiva por la cual el rey otorgaba concesiones futuras se disponía que los hombres libres de la colonia debían tener voz en cualquier legislación que los afectara. Así, las cartas constitutivas concedidas a los Calvert en Maryland, a William Penn en Pennsylvania, a los propietarios en Carolina del Norte y del Sur, y a sus homólogos en Nueva Jersey, se especificaba que la legislación se debía promulgar con "el consentimiento de los hombres libres". Por muchos años, el autogobierno fue más completo en Nueva Inglaterra que en las demás colonias. A bordo del Mayflower, los peregrinos adoptaron un instrumento de gobierno conocido como el "Pacto del Mayflower" para "reunirnos bajo un sistema político civil para nuestro mejor ordenamiento y preservación... y en virtud del mismo, [poder] promulgar, constituir y elaborar leyes, mandatos, actas, constituciones y cargos que sean justos e igualitarios,... de acuerdo con lo que se juzgue más idóneo y conveniente para el bien general de la colonia...". Se presentó una situación similar con la Massachusetts Bay Company, a la cual se le dio derecho de gobernarse a sí misma. De este modo, toda la autoridad recayó en la gente que vivía en la colonia. Al principio, la docena de miembros originales de la compañía que llegó a América trató de gobernarse en forma autocrática. Sin embargo, los demás colonizadores pronto exigieron tener su propia voz en los asuntos públicos y advirtieron que una negativa al respecto podría provocar su emigración en masa. Los miembros de la compañía cedieron y el control del gobierno fue transferido a representantes elegidos. Más tarde otras colonias de Nueva Inglaterra -- omo Connecticut y Rhode Island -- también logaron gobernarse por sí mismas afirmando simplemente que estaban al margen de cualquier autoridad gubernamental, después de lo cual forjaron su propio sistema político según el modelo establecido por los peregrinos en Plymouth. Sólo en dos casos se omitió la disposición del autogobierno: en Nueva York, que fue donada al hermano de Carlos II, el Duque de York (quien más tarde sería el Rey Jaime II); y en Georgia, que le fue otorgada a un grupo de "fideicomisarios". En ambos casos las disposiciones de ese tipo de gobierno fueron efímeras, pues los colonizadores exigieron con tanta insistencia el derecho de tener una representación legislativa, que las autoridades no tardaron en ceder. A mediados del siglo XVII los ingleses estaban tan distraídos por la Guerra Civil (1642-1649) y la Mancomunidad Puritana de Oliver Cromwell, que no aplicaron una política colonial eficaz. Después de la restauración de Carlos II y la dinastía Estuardo en 1660, Inglaterra tuvo más tiempo para prestar atención a la administración de las colonias. Sin embargo, aun entonces su actuación no fue eficiente y careció de un plan coherente. La gran distancia que implicaba tener un gran océano de por medio dificultó también el control sobre las colonias. A esto se sumó la índole misma de la vida en los primeros tiempos de la Unión Americana. Los colonizadores, llegados de países donde el espacio era limitado y estaba repleto de ciudades populosas, habían llegado a una tierra cuya vastedad les parecía infinita. En este continente, las condiciones naturales fomentaron un rudo individualismo y la gente se acostumbró a tomar sus propias decisiones. La penetración del gobierno al interior del país fue muy lenta y en la frontera prevaleció a menudo una situación de anarquía. Pese a todo, la idea del autogobierno en las colonias no careció de impugnaciones. En la década de 1670, los Señores del Comercio y las Plantaciones, un comité real creado para velar por el cumplimiento del sistema mercantil en las colonias, decidió anular la carta constitutiva de la Bahía de Massachusetts porque la colonia se resistía a aceptar la política económica del gobierno. En 1685, Jaime II aprobó una propuesta para crear el Dominio de Nueva Inglaterra y someter a su jurisdicción todas las colonias localizadas al sur hasta Nueva Jersey, con lo cual se fortaleció el control de la Corona en toda la región. Cuando llegó a Boston la noticia de la Revolución Gloriosa (1688-1689) en la que fue derrocado Jaime II en Inglaterra, la población se rebeló y el gobernador real Andros fue encarcelado. Bajo una nueva carta constitutiva, Massachusetts y Plymouth se unieron por primera vez en 1691 en lo que fue la colonia real de la Bahía de Massachusetts. Las otras colonias de Nueva Inglaterra se apresuraron a reinstaurar sus gobiernos anteriores. En la Declaración de Derechos inglesa y la Ley de Tolerancia de 1689 se afirmó la libertad de culto para los cristianos de las colonias y de Inglaterra y se impusieron límites a la Corona. Otro hecho de igual importancia fue que en el Second Treatise on Government (Segundo tratado de gobierno, 1690), la principal justificación teórica de la Revolución Gloriosa, John Locke expuso una teoría de gobierno que no se basaba en el derecho divino sino en un contrato y sostuvo que el pueblo, dotado de un derecho natural a la vida, la libertad y la propiedad, tenía derecho de rebelarse si el gobierno violaba sus garantías. En los albores del siglo XVIII casi todas las colonias estaban bajo la jurisdicción directa de la Corona británica, pero según las reglas establecidas por la Revolución Gloriosa. Los gobernadores coloniales trataron de ejercer los poderes que el rey había perdido en Inglaterra, pero las asambleas de las colonias, informadas de lo que allá ocurría, pugnaron por afirmar sus "derechos" y "libertades". Su influencia se basaba en dos poderes importantes, similares a los que detentaba el Parlamento inglés: el derecho de voto en materia de impuestos y egresos, y el derecho de proponer leyes, en lugar de reaccionar en forma pasiva ante las leyes que el gobernador propusiera. Las legislaturas ejercieron esos derechos para contener el poder de los gobernadores designados por el rey y para aprobar otras medidas a fin de ampliar sus propias facultades e influencia. Las frecuentes pugnas entre el gobernador y la asamblea hicieron que la política colonial fuera tumultuosa y dieron lugar a que los colonos se percataran, cada día más, de la divergencia de intereses entre norteamericanos e ingleses. En muchos casos, las autoridades reales no entendieron la importancia de lo que las asambleas coloniales estaban realizando e hicieron caso omiso de ellas. A pesar de todo, los precedentes y principios establecidos en los conflictos entre asambleas y gobernadores llegaron a formar parte, a la postre, de la "constitución" no escrita de las colonias. Así fue como las legislaturas coloniales afirmaron el derecho al autogobierno. LA GUERRA CONTRA FRANCESES E INDÍGENAS En todo el siglo XVIII, Francia e Inglaterra se enfrascaron en una serie de guerras en Europa y el Caribe. En 1754, Francia mantenía aún una estrecha relación con buen número de tribus norteamericanas nativas en Canadá y a lo largo de los Grandes Lagos. Controlaba el río Mississippi y al erigir una cadena de fortalezas y bastiones comerciales definió un gran imperio en forma de media luna que se extendía de Quebec a Nueva Orleans. Los británicos quedaron confinados a una estrecha franja, al este de los montes Apalaches. Así, los franceses no sólo eran una amenaza para el imperio británico, sino también para los colonos de Norteamérica porque al tomar posesión del valle de Mississippi, Francia podía restringir la expansión de aquéllos hacia el oeste. En el Fuerte Duquesne, ubicado donde hoy se encuentra Pittsburgh, Pennsylvania, tuvo lugar un enfrentamiento armado en 1754 entre una partida de soldados franceses y algunos milicianos de Virginia bajo el mando de George Washington, un hacendado y agrimensor virginiano que entonces tenía 22 años de edad. El gobierno británico trató de resolver el conflicto convocando a una reunión de representantes de Nueva York, Pennsylvania, Maryland y las colonias de Nueva Inglaterra. Entre el 19 de junio y el 10 de julio de 1754, el Congreso de Albany, como llegó a ser conocido, se reunió con los iroqueses en Albany, Nueva York, para mejorar sus relaciones con ellos y garantizar su lealtad a los británicos. Pero los delegados dijeron también que la unión de las colonias de Norteamérica era "absolutamente necesaria para su propia preservación" y adoptaron una propuesta redactada por Benjamin Franklin. El Plan de Unión de Albany disponía la instauración de un presidente designado por el rey y un gran consejo de delegados elegidos por las asambleas, en el que cada una de las colonias estaría representada en proporción a su aportación financiera a la tesorería general. Este órgano se haría cargo de la defensa, las relaciones con los norteamericanos nativos, el comercio y los asentamientos en el oeste. Lo más importante fue que tendría autoridad independiente para recaudar impuestos. Sin embargo ninguna de las colonias aceptó el plan, pues no estaban dispuestas a renunciar ni a sus facultades tributarias ni al control sobre el desarrollo de las tierras del oeste para ponerlos en manos de una autoridad central. La posición estratégica superior de Inglaterra y su competente liderazgo le ganaron al final la victoria en el conflicto con Francia conocido como la Guerra contra Franceses e Indígenas en América y la Guerra de los Siete Años en Europa. En la Paz de París (1763), Francia entregó a los británicos todo Canadá, los Grandes Lagos y el territorio al este del Mississippi. El sueño de crear un imperio francés en Norteamérica se había desvanecido. Al triunfar sobre Francia, Gran Bretaña estaba obligada a encarar un problema que hasta entonces había rehuido: el gobierno de su imperio. Londres consideró esencial organizar sus ahora vastas posesiones para facilitar la defensa, reconciliar los intereses en pugna de las distintas áreas y poblaciones, y repartir más equitativamente los costos de la administración imperial. Tan sólo en América del Norte, los territorios británicos se habían duplicado con creces. En una población que había sido predominantemente protestante e inglesa había ahora católicos de habla francesa de Quebec y muchos norteamericanos nativos parcialmente cristianizados. La defensa y la administración de los nuevos territorios, y de los anteriores, habría de requerir enormes sumas de dinero y más personal. Era obvio que el viejo sistema colonial no resultaba adecuado para esas tareas; sin embargo, las medidas necesarias para establecer otro nuevo despertarían la suspicacia latente de los colonos que cada día veían menos a Gran Bretaña como protectora de sus derechos y más como un peligro para ellos.
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