CONTENIDO
Capítulo 1:
Los albores de Norteamérica
Capítulo 2:
El periodo colonial
Capítulo 3:
El camino de la independencia
Capítulo 4:
La formación de un gobierno nacional
Capítulo 5:
La expansión hacia el oeste y las diferencias regionales
Capítulo 6:
Conflictos sectoriales
Capítulo 7:
La Guerra Civil y la Reconstrucción
Capítulo 8:
Crecimiento y transformación
Capítulo 9:
Descontento y reforma
Capítulo 10:
Guerra, prosperidad y depresión
Capítulo 11:
El Nuevo Trato y la Segunda Guerra Mundial
Capítulo 12:
Estados Unidos en la posguerra
Capítulo 13:
Décadas de cambio: 1960-1980
Capítulo 14:
El nuevo conservadurismo y un nuevo orden mundial
Capítulo 15:
Un puente hacia el siglo XXI
Bibliografia
PERFILES ILUSTRADOS
El advenimiento de una nación
La transformación de una nación
Monumentos y sitios conmemorativos
Agitación y cambio
Una nación del siglo XXI

AGRADECIMIENTOS
 
Reseña de Historia de Estados Unidos es una publicación del Departamento de Estado de EE.UU. La primera edición (1949-50) fue elaborada bajo la dirección editorial de Francis Whitney, en un principio por la Oficina de Información Internacional del Departamento de Estado y más tarde por el Servicio Cultural e Informativo de Estados Unidos. Richard Hofstadter, profesor de historia en la Universidad Columbia, y Wood Gray, catedrático de historia de Estados Unidos en la Universidad George Washington, colaboraron como consultores académicos. D. Steven Endsley de Berkeley, California, preparó el material adicional. A través de los años, la obra ha sido actualizada y revisada en forma exhaustiva por varios especialistas, entre ellos Keith W. Olsen, profesor de historia de Estados Unidos en la Universidad de Maryland, y Nathan Glick, escritor y ex director de la revista Dialogue (Facetas) de USIA. Alan Winkler, catedrático de historia en la Universidad Miami (Ohio), escribió los capítulos de ediciones anteriores sobre la época posterior a la Segunda Guerra Mundial.
Man of the People: A Life of Harry S. Truman y For the Survival of Democracy: Franklin Roosevelt and the World Crisis of the 1930s.    Esta nueva edición ha sido revisada y actualizada cabalmente por Alonzo L. Hamby, profesor distinguido de historia en la Universidad de Ohio. El profesor Hamby ha escrito mucho sobre la política y la sociedad estadounidenses. Algunos de sus libros son Man of the People: A Life of Harry S. Truman y For the Survival of Democracy: Franklin Roosevelt and the World Crisis of the 1930s. Vive y trabaja en Athens, Ohio.

Director Ejecutivo—
George Clack
Directora Administrativa—
Mildred Solá Neely
Dirección de Arte y Diseño—
Min-Chih Yao
Ilustración de portada—
Tom White
Investigación fotográfica—
Maggie Johnson Sliker
 


 
Capítulo 5:
EXPANSIÓN HACIA EL OESTE Y DIFERENCIAS REGIONALES

Proyecto Salón Hogar
 


Recolección de trigo con una máquina combinada tirada por caballos en el Oeste Medio en el siglo XIX. (© Bettmann/CORBIS)
"Márchate al oeste, hombre joven, y crece con el país".
-- Director de periódico
Horace Greeley, 1851

CONSTRUCCIÓN DE LA UNIDAD

La Guerra de 1812 fue, en cierto modo, una segunda guerra de independencia que confirmó de una vez por todas el rompimiento de Estados Unidos con Inglaterra. Cuando esa guerra terminó, muchas de las graves dificultades que la joven república había encarado desde la Revolución desaparecieron. La unión nacional bajo la Constitución estableció un equilibrio entre libertad y orden. Con una deuda nacional baja y todo un continente en espera de ser explorado, se abrió a la nación una perspectiva de paz, prosperidad y progreso social.

El comercio aglutinó la unidad nacional. Las privaciones de la guerra convencieron a muchos de la importancia de proteger al sector manufacturero del país hasta que pudiera enfrentarse por sí solo a la competencia extranjera. Muchos decían que la independencia económica era tan esencial como la independencia política. Para alentar la autosuficiencia, los líderes del Congreso Henry Clay de Kentucky y John C. Calhoun de Carolina del Sur recomendaron una política de proteccionismo (es decir, la imposición de restricciones a los productos importados, para fomentar el desarrollo de la industria nacional).

El momento era propicio para elevar los aranceles aduaneros. Los pastores de Vermont y Ohio pedían protección contra el arribo de la lana inglesa. Pittsburgh, Pennsylvania, que ya era un floreciente centro de la industria siderúrgica, estaba ansiosa de desafiar a los proveedores de hierro británicos y suecos. El arancel aprobado en 1816 impuso derechos bastante altos para dar protección efectiva a los fabricantes.

Además, los habitantes del oeste querían un sistema nacional de caminos y canales que los comunicara con ciudades y puertos del este y pugnaban por que las tierras fronterizas se abrieran a la colonización. Sin embargo, no tuvieron éxito en sus demandas de que el gobierno federal participara en el mejoramiento del país, pues tropezaron con la oposición de Nueva Inglaterra y del sur. Los caminos y canales siguieron siendo competencia exclusiva de los estados antes que se aprobara la Ley Federal de Ayuda para Carreteras de 1916.

La posición del gobierno federal en esa época se reforzó mucho con varios veredictos de la Corte Suprema. Un federalista comprometido de Virginia, John Marshall, fue nombrado presidente de ese tribunal en 1801 y siguió en el cargo hasta su muerte en 1835. Con él la Corte — que antes de su administración era débil — se transformó en un tribunal poderoso y se elevó a un plano de igualdad con el Congreso y el Presidente. En una serie de decisiones históricas, Marshall estableció el poder de la Corte Suprema y fortaleció al gobierno nacional.

Marshall fue el primero en la larga lista de jueces de la Corte Suprema cuyos dictámenes han moldeado el significado y la aplicación de la Constitución. Al final de su largo servicio, la Corte había juzgado casi 50 casos que se referían claramente a temas constitucionales. En uno de sus veredictos más célebres — Marbury v. Madison (1803) — Marshall estableció decisivamente el derecho de la Corte Suprema a revisar la constitucionalidad de cualquier ley del Congreso o de las legislaturas estatales. En McCulloch v. Maryland (1819), él defendió con audacia la tesis hamiltoniana de que la Carta Magna otorga al gobierno otros poderes además de los expresamente declarados.

EXPANSIÓN DE LA ESCLAVITUD

La esclavitud, que hasta entonces había recibido poca atención pública, empezó a cobrar mucha más importancia como asunto nacional. En los primeros años de la república, cuando los estados del norte dispusieron la emancipación inmediata o gradual de los esclavos, muchos líderes supusieron que la esclavitud desaparecería. En 1786, George Washington escribió sobre su intenso deseo de que fuera posible adoptar algún plan "por el cual la esclavitud pudiera ser abolida en forma gradual, lenta, segura e imperceptible". Los virginianos Jefferson, Madison y Monroe y otros importantes estadistas del sur hicieron declaraciones similares.

La Ordenanza del Noroeste de 1787 había proscrito la esclavitud en ese territorio. Todavía en 1808, cuando el tráfico internacional de esclavos fue abolido, muchos sureños pensaron que la esclavitud terminaría pronto. Sus expectativas fueron falsas pues en la siguiente generación, a medida que nuevos factores económicos hicieron de la esclavitud un negocio mucho más lucrativo que antes de 1790, el sur se unió firmemente en defensa de esa institución.

Entre los nuevos factores destacó el ascenso de una gran industria del cultivo de algodón en el sur, estimulada por la introducción de nuevos tipos de algodón y por la invención de la máquina desmotadora de Eli Whitney en 1793, que permitió separar la semilla de la fibra. Al mismo tiempo la Revolución Industrial, que hizo de la manufactura de textiles una operación en gran escala, acrecentó mucho la demanda de algodón en rama. Y la apertura de nuevas tierras en el oeste desde 1812 amplió en gran medida el área disponible para el cultivo del producto. La cultura del algodón se expandió de prisa de los estados de la costa este a gran parte del bajo sur, a la región del delta del Mississippi y por último a Texas.

La caña de azúcar, otro cultivo intensivo en mano de obra, contribuyó también a propagar la esclavitud en el sur. Las ricas tierras cálidas del sur de Louisiana eran ideales para cultivar la caña en plan lucrativo. En 1830 el estado proveía casi la mitad del azúcar que el país consumía. Por último, los productores de tabaco se mudaron al oeste y llevaron consigo la esclavitud.

A medida que la sociedad libre del norte y la sociedad esclavista del sur se propagaron al oeste, pareció políticamente conveniente mantener cierto equilibrio entre los nuevos estados fundados en los territorios occidentales. En 1818, cuando Illinois fue admitido en la Unión, 10 estados permitían la esclavitud y 11 la prohibían; sin embargo, el equilibrio se restableció cuando Alabama fue admitido como estado esclavista. La población crecía más aprisa en el norte y eso permitió que los estados de esa región tuvieran una clara mayoría en la Cámara de Representantes. Sin embargo, el equilibrio entre norte y sur persistió en el Senado.

Missouri, que tenía 10.000 esclavos, solicitó su ingreso a la Unión en 1819. Los norteños se opusieron en masa a la admisión de esa entidad si no era como estado libre y una tormenta de protestas se desató en el país. El Congreso estuvo estancado un tiempo hasta que Henry Clay concertó lo que se conoce como el Compromiso de Missouri: al mismo tiempo que Missouri fue admitido como estado esclavista, Maine llegó como estado libre. Además, el Congreso prohibió la esclavitud en los territorios adquiridos con la Compra de Louisiana, al norte del límite meridional de Missouri. En esa época, la disposición fue interpretada como una victoria de los estados del sur pues se creía improbable que ese "gran desierto norteamericano" llegara a ser colonizado algún día. La controversia se resolvió por un tiempo, pero Thomas Jefferson le escribió a un amigo: "Esta interrogante trascendental me despertó a medianoche lleno de terror, como una alarma de incendio. La consideré en seguida como un presagio ominoso para la Unión".

AMÉRICA LATINA Y LA DOCTRINA MONROE

En los primeros decenios del siglo XIX, Centro y Sudamérica hicieron la revolución. La idea de la libertad empezó a bullir en los pueblos de América Latina desde que las colonias inglesas lograron su emancipación. La conquista de España y Portugal por Napoleón en 1808 fue la señal para que los latinoamericanos iniciaran la rebelión. Ya en 1822, bajo la hábil dirección de Simón Bolívar, Francisco Miranda, José de San Martín y Miguel Hidalgo, la mayor parte de Hispanoamérica — desde Argentina y Chile en el sur hasta México en el norte — había ganado la independencia.

El pueblo de Estados Unidos tuvo un profundo interés por lo que parecía ser una repetición de su propia experiencia al liberarse del gobierno europeo. En 1822 el presidente James Monroe, bajo una intensa presión pública, fue autorizado para reconocer a los nuevos países de Latinoamérica y pronto estableció relaciones diplomáticas con ellos. Al hacerlo ratificó el carácter de éstos como países genuinamente independientes, separados por completo de sus viejos nexos con Europa.

En esa misma época, Rusia, Prusia y Austria formaron una asociación llamada la Santa Alianza para protegerse de revoluciones. Al intervenir en los países donde los movimientos populares amenazaban a las monarquías, la Alianza — a la cual se unió la Francia posnapoleónica — esperaba impedir que la revolución se propagara. Esa política era la antítesis del principio estadounidense de autodeterminación.

Mientras la Santa Alianza limitó sus actividades al Viejo Mundo no provocó ansiedad en Estados Unidos, pero cuando la Alianza anunció su intención de devolver a España sus antiguas colonias, los estadounidenses se preocuparon mucho. Gran Bretaña, para la cual el comercio con América Latina llegó a ser muy importante, decidió impedir esa acción. Londres instó a hacer extensivas a Latinoamérica las garantías anglo-estadounidenses, pero el secretario de Estado John Quincy Adams convenció a Monroe de que actuara en plan unilateral: "Sería más sincero y también más digno hacer valer nuestros principios explícitamente ante Rusia y Francia, que presentarnos como una barquilla arrastrada por la estela del gran buque de guerra británico".

En diciembre de 1823, con pleno conocimiento de que la armada de Gran Bretaña defendería a América Latina contra la Santa Alianza y Francia, el presidente Monroe aprovechó su mensaje anual al Congreso para proclamar lo que se llegaría a conocer como la Doctrina Monroe, es decir, la negativa a tolerar cualquier futura ampliación del dominio europeo en América:

En lo sucesivo, el continente americano... no deberá ser considerado como sujeto de futura colonización por ninguna de las potencias europeas.
   Interpretaremos todo intento de su parte por extender su sistema [político] a cualquier porción de este hemisferio como un peligro para nuestra propia paz y seguridad.
   No hemos intervenido ni vamos a intervenir en las colonias o dependencias existentes de potencia europea alguna. Pero en el caso de los gobiernos que han declarado su independencia y la han mantenido, y cuya independencia ha sido reconocida por nosotros,... cualquier intervención de una potencia europea con el propósito de oprimirlos o controlar en alguna otra forma su destino no podrá ser interpretada por nosotros bajo otra luz que no sea la manifestación de una actitud poco amistosa hacia Estados Unidos.

La Doctrina Monroe expresó un espíritu de solidaridad con las repúblicas de América Latina que acababan de lograr su independencia. A su vez, en muchos casos esas naciones reconocieron su afinidad política con Estados Unidos al basar sus nuevas constituciones en el modelo de este país.

FACCIONALISMO Y PARTIDOS POLÍTICOS

En el ámbito interno, la presidencia de Monroe (1817-1825) fue descrita como "la era de los buenos sentimientos". Esta frase reconoció el triunfo político del Partido Republicano sobre el Partido Federalista, el cual se había derrumbado como fuerza nacional. Al mismo tiempo, en esa época hubo intensos conflictos entre facciones y regiones.

La caída de los federalistas condujo a un breve periodo de política facciosa y alteró la práctica de elegir a los candidatos presidenciales en reuniones electorales preliminares del partido, en el Congreso. Por un tiempo, las legislaturas de los estados designaron candidatos. En 1824 Tennessee y Pennsylvania escogieron como candidato a Andrew Jackson y al senador por Carolina del Sur, John C. Calhoun, como su compañero de fórmula; Kentucky escogió al líder de la cámara, Henry Clay; Massachusetts al secretario de Estado John Quincy Adams, hijo del segundo Presidente, John Adams. Una asamblea partidista en el Congreso, ridiculizada por muchos como no democrática, propuso al secretario del Tesoro William Crawford.

La personalidad y las alianzas sectoriales fueron factores importantes para el resultado de la elección. Adams ganó los votos electorales de Nueva Inglaterra y casi todos los de Nueva York; Clay obtuvo los de Kentucky, Ohio y Missouri; Jackson triunfó en el sureste, Illinois, Indiana, las Carolinas, Pennsylvania, Maryland y Nueva Jersey; y Crawford se impuso en Virginia, Georgia y Delaware. Como ninguno de los candidatos obtuvo la mayoría en el Colegio Electoral, se actuó de acuerdo a lo dispuesto en la Constitución y la elección quedó en manos de la Cámara de Representantes, donde Clay era el personaje más influyente. Él dio su apoyo a Adams y éste ganó la presidencia.

Durante el gobierno de Adams surgieron nuevas lealtades partidistas. Sus seguidores, algunos de los cuales eran ex federalistas, adoptaron el nombre de "republicanos nacionales" para manifestar su apoyo a un gobierno federal que asumiera un papel vigoroso en el desarrollo de una nación en expansión. Aunque gobernó con honradez y eficacia, Adams no fue un presidente popular; fracasó en su intento de instituir un sistema nacional de caminos y canales. Su frío temperamento intelectual no le permitió ganar amigos. En cambio, Jackson tenía un enorme atractivo popular y una organización política sólida. Sus seguidores se unieron para formar el Partido Demócrata, que se decía descendiente directo del Partido Demócrata-Republicano de Jefferson y, en general, suscribía los principios del gobierno pequeño y descentralizado. Con una fuerte campaña contra Adams, ellos acusaron al Presidente de un "trato corrupto" para nombrar a Clay secretario de Estado. Jackson derrotó a Adams en la elección de 1828 por una aplastante mayoría electoral.

Jackson — un político de Tennessee que combatía a los norteamericanos nativos en la frontera sur y fue héroe de la Batalla de Nueva Orleans en la Guerra de 1812 — encontró apoyo entre la "gente común". Llegó a la presidencia en una creciente oleada de entusiasmo por la democracia popular. La elección de 1828 fue un importante punto de referencia en la tendencia hacia una participación electoral más amplia. Para entonces, la mayoría de los estados ya habían concedido el sufragio universal a los varones blancos o habían minimizado el requisito de tener propiedades para poder votar. Todavía en 1824, los miembros del Colegio Electoral de seis estados eran seleccionados por las legislaturas estatales. En 1828, los electores presidenciales eran escogidos por voto popular en todos los estados, salvo Delaware y Carolina del Sur. Estos acontecimientos fueron producto del sentimiento generalizado de que el pueblo debía gobernar y que el gobierno de las elites tradicionales había llegado a su fin.

LA CRISIS DE LA ANULACIÓN

Hacia el final de su primer periodo en el cargo, Jackson se vio obligado a polemizar con el estado de Carolina del Sur, el más importante de los estados algodoneros emergentes del sureste, sobre el tema del arancel proteccionista. Los intereses empresariales y agrícolas de esa entidad tenían la esperanza de que el Presidente usara su poder para modificar la ley de 1828 a la cual llamaban "el arancel de las abominaciones". A su juicio, todas las ventajas de esa protección eran para el sector manufacturero del norte, mientras el agro de Carolina del Sur se empobrecía. En 1828 John C. Calhoun, el político más destacado del estado — y vicepresidente de Jackson hasta su dimisión en 1832 —, afirmó en su South Carolina Exposition and Protest (Exposición y protesta de Carolina del Sur) que los estados tenían derecho de anular cualquier legislación nacional opresiva.

En 1832 el Congreso aprobó y Jackson firmó un proyecto de ley que reducía el arancel de 1828, pero eso no bastó para satisfacer a la mayoría de los habitantes de Carolina del Sur. El estado adoptó una Ordenanza de Anulación, por la cual declaró nulos y sin efecto los aranceles de 1828 y 1832 dentro de sus fronteras. Su legislatura aprobó también leyes para implementar la ordenanza, entre ellas la autorización para formar una fuerza militar y partidas para adquirir armas. La anulación era un recurso largamente establecido como protesta contra lo que se percibía como excesos del gobierno federal. Jefferson y Madison lo habían propuesto en las Resoluciones de Kentucky y Virginia de 1798 en protesta por las Leyes de Extranjería y Sedición. Sin embargo, en realidad nunca había intentado un estado la anulación. La joven nación se enfrentaba a la crisis más peligrosa hasta esa fecha.

En respuesta a la amenaza de Carolina del Sur, Jackson envió a Charleston siete navíos pequeños y un buque de guerra en noviembre de 1832. El 10 de diciembre, él mismo expidió una clamorosa proclama contra los partidarios de la anulación. El Presidente declaró que Carolina del Sur se había colocado "al borde de la insurrección y la traición" y exhortó a la población del estado a reiterar su lealtad a la Unión.

Cuando se volvió a plantear en el Congreso la cuestión de los derechos arancelarios, el senador Henry Clay, rival político de Jackson, gran partidario del proteccionismo y defensor de la Unión, propuso una medida de compromiso. El proyecto de ley arancelaria de Clay, aprobado sin dilación en 1833, especificó que todos los derechos superiores al 20 por ciento del valor de los bienes importados debían reducirse año tras año, de modo que en 1842 los derechos de todos los artículos tuvieran el mismo nivel que el moderado arancel de 1816. Al mismo tiempo, el Congreso aprobó una Ley de Fuerza por la cual se autorizó al Presidente a usar la fuerza militar para imponer el cumplimiento de la ley.

Carolina del Sur esperaba recibir el apoyo de otros estados meridionales, pero en realidad estaba aislada. (Su aliado más probable, el gobierno del estado de Georgia, quería y obtuvo el apoyo de las fuerzas armadas del país para expulsar de su territorio a las tribus norteamericanas nativas.) A la postre, Carolina del Sur se retractó de su decisión. Sin embargo ambos bandos cantaron victoria: Jackson defendió con firmeza a la Unión; y Carolina del Sur, con su alarde de resistencia, vio cumplidas muchas de sus demandas y demostró que un solo estado podía imponer su voluntad sobre el Congreso.

LA BATALLA POR EL BANCO

Si bien es cierto que la crisis de la anulación llevaba las semillas de la guerra civil, no fue tanto un problema político crítico sino una enconada lucha para que siguiera existiendo el banco central de la nación, el segundo banco de Estados Unidos. El primer banco, fundado en 1791 bajo la guía de Alexander Hamilton, fue constituido para un periodo de 20 años. Aunque el gobierno poseía algunas acciones, el banco, a semejanza del Banco de Inglaterra y otros bancos centrales de la época, era una corporación privada cuyas ganancias las recibían sus accionistas. Su función pública era actuar como depositario de los fondos que el gobierno recibía, hacer a éste préstamos a corto plazo y, sobre todo, establecer una moneda firme, negándose a aceptar a su valor nominal los billetes (papel moneda) que los bancos registrados por los estados emitían más allá de su capacidad de pago.

Para los círculos financieros y comerciales del noreste, el banco central era un ejecutor necesario de políticas monetarias prudentes, pero desde el principio fue recibido con resentimiento por la población del sur y el oeste y por los trabajadores, quienes creían que su prosperidad y el desarrollo regional dependían de una amplia reserva de dinero y crédito. El Partido Republicano de Jefferson y Madison dudaba de su constitucionalidad. Cuando su acta constitutiva expiró, en 1811, no fue renovada.

En los años siguientes, los asuntos bancarios quedaron en manos de bancos constituidos por el estado que emitieron moneda en montos excesivos, lo cual creó gran confusión y fomentó la inflación. Cada día era más patente que los bancos estatales no eran capaces de dar una moneda fiable al país. En 1816 fue instituido un segundo Banco de Estados Unidos, similar al primero, también con vigencia de 20 años. Desde su creación, el segundo banco no tuvo aceptación en los estados y territorios más recientes, sobre todo entre los banqueros estatales y locales que resentían su monopolio virtual del crédito y el circulante de la nación, ni tampoco entre la población menos próspera de todo el país, la cual creía que el banco defendía los intereses de la minoría rica.

En términos generales, el banco fue administrado con acierto y prestó un valioso servicio, pero Jackson compartía desde tiempo atrás la desconfianza republicana hacia los círculos financieros. Elegido como tribuno del pueblo, consideró que el aristocrático gerente del banco, Nicholas Biddle, sería un blanco fácil. Cuando los partidarios del banco en el Congreso pugnaron por la renovación temprana de su registro, Jackson respondió con un punzante veto en el que denunció el monopolio y los privilegios especiales. Los esfuerzos para invalidar el veto fueron inútiles.

En la campaña presidencial siguiente, el tema del banco reveló una división fundamental. Los intereses mercantiles, fabriles y financieros estaban a favor de la solidez monetaria. Los banqueros y empresarios regionales en ciernes querían una mayor oferta de dinero y tasas de interés más bajas. Otras clases deudoras, sobre todo los granjeros, compartían esos sentimientos. Jackson y sus partidarios dijeron que el banco central era un "monstruo" y aquél transitó suavemente hacia una fácil victoria electoral sobre Henry Clay.

El Presidente interpretó su triunfo como un mandato popular para aplastar al banco central en forma definitiva. En septiembre de 1833 ordenó que no se depositara más dinero del gobierno en el banco y que los fondos ya confiados a su custodia se retiraran poco a poco. El gobierno depositó sus fondos en bancos estatales seleccionados a los que la oposición llamó "bancos mascotas".

En la siguiente generación, Estados Unidos tuvo un sistema de banca relativamente no regulado que ayudó a alentar la expansión hacia el oeste con sus créditos baratos, pero hizo al país vulnerable a episodios periódicos de pánico. No fue sino hasta la fundación del sistema de la Reserva Federal en 1913 cuando la nación volvió a tener un banco central.

WHIGS, DEMÓCRATAS Y LOS "YO NO SÉ NADA"

A la postre los opositores políticos de Jackson, unidos por algo más que su oposición a éste, se concentraron en un partido común conocido como los whigs, término británico que significa oposición al "régimen monárquico"; en este caso, el de Jackson. En gran parte por el magnetismo personal de Henry Clay y Daniel Webster, los estadistas más brillantes de los whigs, el partido logró consolidar a sus afiliados. Sin embargo, en la elección de 1836 el partido estaba todavía demasiado dividido para unirse y apoyar a un solo hombre. Martin Van Buren de Nueva York, el vicepresidente de Jackson, ganó la contienda.

Una depresión económica y la personalidad imponente de su predecesor oscurecieron los méritos de Van Buren. Sus actos públicos no despertaron entusiasmo porque no tenía ni las cualidades convincentes de líder ni la aureola dramática que Jackson exhibía en todos sus actos. La elección de 1840 encontró al país en una época de dificultades y bajos salarios... y los demócratas estaban a la defensiva.

El candidato whig a la presidencia, William Henry Harrison de Ohio, era muy popular como héroe de los conflictos contra los norteamericanos nativos y la Guerra de 1812. Él fue promovido, igual que Jackson, como representante del oeste democrático. Su candidato a la vicepresidencia fue John Tyler, un virginiano cuyas opiniones sobre los derechos de los estados y los aranceles bajos eran populares en el sur. Harrison obtuvo una clamorosa victoria.

Sin embargo, Harrison murió a los 68 años de edad, a menos de un mes de haber ocupado el cargo, y Tyler asumió la presidencia. Las opiniones de éste eran muy distintas a las de Clay y Webster, quienes seguían siendo los hombres más influyentes del Congreso. El resultado fue una clara ruptura entre el nuevo Presidente y el partido que lo eligió. La presidencia de Tyler tendría pocos logros además de dejar definitivamente establecido que si un Presidente muere, el vicepresidente asume el cargo con plenos poderes por el resto del periodo.

Los estadounidenses estaban divididos en otros aspectos más complejos. El gran número de inmigrantes católicos llegados en la primera mitad del siglo XIX, sobre todo de Irlanda y Alemania, provocó la violenta reacción de los protestantes nacidos en Norteamérica. Los inmigrantes trajeron a las tierras de América costumbres nuevas y prácticas religiosas extrañas; les disputaban a los estadounidenses de nacimiento los empleos en las ciudades del litoral del este. La llegada del sufragio universal para los varones blancos en las décadas de 1820 y 1830 les dio más influencia política. Los políticos patricios desplazados achacaron su pérdida de poder a los inmigrantes. El hecho de que la Iglesia Católica no hubiera apoyado el movimiento pro moderación dio lugar a la acusación de que Roma trataba de subvertir a Estados Unidos por medio del alcohol.

La más importante de las organizaciones que surgieron en esa época a favor de los nacidos en el país fue una sociedad secreta, la Orden del Pendón Tachonado de Estrellas, fundada en 1849. Como sus miembros se negaban a identificarse, pronto se les aplicó el mote de los "yo no sé nada". En pocos años se convirtieron en una organización nacional con un poder político considerable.

Los "yo no sé nada" recomendaban ampliar de cinco a 21 años el periodo de residencia necesario para la naturalización, y excluir de los cargos públicos a los nacidos en el extranjero y a los católicos. Lograron el control de las legislaturas de Nueva York y Massachusetts en 1855; para entonces, unos 90 congresistas de la nación tenían nexos con ese partido. Ese fue su mejor momento. Poco después, la creciente crisis entre el norte y el sur en torno a la expansión de la esclavitud dividió fatalmente al partido e hizo que se consumiera junto con los viejos debates entre whigs y demócratas que dominaron la política estadounidense en el segundo cuarto del siglo XIX.

LOS PRIMEROS INDICIOS DE REFORMA

La insurrección democrática en la política, ejemplificada en la elección de Jackson, no fue más que una fase de la larga jornada de Estados Unidos en busca de más derechos y oportunidades para todos los ciudadanos. Otra fase fue el inicio de la organización sindical, sobre todo de los trabajadores calificados y semicalificados. En 1835 la fuerza de trabajo de Filadelfia, Pennsylvania, logró acortar la antigua jornada "de sol a sol" a un día laboral de 10 horas. Ya en 1860 el nuevo día laboral se había vuelto ley en varios estados y era una norma de aceptación general.

La ampliación del sufragio ya había dado lugar a un nuevo concepto de educación. Estadistas preclaros de todas las latitudes entendieron que el sufragio universal requería de un electorado informado y alfabetizado. Organizaciones de trabajadores exigieron la creación de escuelas gratuitas para todos los niños, pagadas con los impuestos. En uno a uno de los estados se promulgó gradualmente la legislación necesaria para impartir ese tipo de educación gratuita. El liderazgo de Horace Mann en Massachusetts fue especialmente eficaz. El sistema de escuelas públicas se generalizó en todo el norte. Sin embargo, en otras regiones del país, la batalla a favor de la educación pública prosiguió varios años.

Otro movimiento social surgido en ese periodo que tuvo mucha influencia fue la oposición a la venta y consumo de alcohol, es decir, el movimiento a favor de la moderación. Éste surgió de diversas inquietudes y motivos: creencias religiosas, el efecto del alcohol en la fuerza de trabajo y la violencia y maltrato que padecían mujeres y niños a manos de varones ebrios. En 1826 varios ministros de Boston fundaron la Sociedad para el Fomento de la Templanza. Siete años después, en Filadelfia, la Sociedad convocó una convención nacional en la cual se formó la Unión Estadounidense de la Moderación. Ésta abogó por la prohibición de todo tipo de bebidas alcohólicas y presionó a las legislaturas de los estados para que proscribieran su fabricación y venta. Aunque 13 estados las habían aceptado en 1855, esas leyes fueron impugnadas después en la corte. Sólo sobrevivieron en el norte de Nueva Inglaterra, pero entre 1830 y 1860, el movimiento pro moderación redujo el consumo de alcohol per cápita entre los estadounidenses.

Otros reformadores se ocuparon de los problemas de las cárceles y la atención de los enfermos mentales. Se hicieron esfuerzos para convertir a las cárceles, enfocadas en el castigo, en penitenciarías donde se intenta rehabilitar a los reos. En Massachusetts, Dorothea Dix encabezó una lucha para mejorar la situación de los enfermos mentales que eran confinados en siniestros asilos y prisiones. Después de lograr ciertas mejoras en Massachusetts, ella siguió su campaña en el sur, donde nueve estados fundaron hospitales para enfermos mentales entre 1845 y 1852.

LOS DERECHOS DE LA MUJER

Esas reformas sociales hicieron que muchas mujeres se percataran de su situación de desigualdad en la sociedad. Desde la época colonial, las mujeres solteras habían gozado de muchos derechos legales idénticos a los de los hombres, pero la costumbre exigía que se casaran a temprana edad. Con el matrimonio, las mujeres perdían casi por completo su identidad individual ante la ley; no se les permitía votar y, en los siglos XVII y XVIII, su educación se reducía casi por completo a lectura, escritura, música, danza y labores de aguja.

El despertar de la mujer en Estados Unidos empezó con la visita de la conferenciante y periodista escocesa Frances Wright, quien defendió públicamente los derechos de la mujer en todo el país en la década de 1820. En una época en que a la mujer se le prohibía hablar en público, Wright no sólo habló, sino escandalizó al auditorio con sus opiniones a favor del derecho de la mujer a buscar información sobre control de la natalidad y divorcio. En la década de 1840 surgió un movimiento estadounidense a favor de los derechos de la mujer. Su líder más notable fue Elizabeth Cady Stanton.

En 1848 Cady Stanton y su colega Lucretia Mott organizaron una convención sobre los derechos de la mujer — la primera en la historia del mundo — en Seneca Falls, Nueva York. Las delegadas redactaron una "declaración de sentimientos" en la cual exigieron la igualdad con los varones ante la ley, el derecho de voto y las mismas oportunidades en materia de educación y empleo. Las resoluciones fueron aprobadas por unanimidad con excepción de la referente al sufragio de la mujer, la cual sólo obtuvo la mayoría después de un apasionado discurso a su favor por Frederick Douglass, el abolicionista afro-estadounidense.

En Seneca Falls, Cady Stanton ganó fama nacional como autora y oradora elocuente a favor de los derechos de la mujer. Ella pronto se dio cuenta de que, sin derecho de voto, la mujer jamás lograría la igualdad con el hombre. Tomando al abolicionista William Lloyd Garrison como modelo, vio que la clave del éxito consiste en modificar la opinión pública, no en la actividad dentro de un partido. Seneca Falls fue el catalizador del cambio futuro. Pronto se llevaron a cabo otras convenciones y otras mujeres se habrían de colocar a la vanguardia del movimiento a favor de su igualdad política y social.

También en 1848, la inmigrante polaca Ernestine Rose fue un factor decisivo para que en el estado de Nueva York fuera aprobada una ley que autorizó a las mujeres casadas a conservar sus propiedades a su propio nombre. En la Ley sobre las Propiedades de las Mujeres Casadas, una de las primeras promulgadas en el país al respecto, se instó a las legislaturas de otros estados a promulgar leyes similares.

En 1869 Elizabeth Cady Stanton y otra destacada activista de los derechos de la mujer, Susan B. Anthony, fundaron la Asociación Nacional del Sufragio Femenino (NWSA por sus siglas en inglés), que proponía una enmienda constitucional para dar a la mujer el derecho de voto. Ellas dos llegarían a ser las defensoras más elocuentes del movimiento feminista. Al describir su colaboración, Cady Stanton diría: "Yo preparaba las centellas y ella las encendía".

HACIA EL OESTE

La frontera influyó mucho para dar forma a la vida estadounidense. Las condiciones imperantes en todo el litoral del Atlántico alentaron la migración a nuevas regiones. En Nueva Inglaterra, donde el suelo no producía altos rendimientos de grano, surgió una corriente incesante de hombres y mujeres que dejaban sus granjas y aldeas en la costa para aprovechar las ricas tierras interiores del continente. La población de los asentamientos establecidos en los campos de las Carolinas y Virginia, aislada por falta de caminos y canales de acceso a los mercados de la costa y resentida por el dominio político de los grandes hacendados de la región de marismas, emigró también al oeste. En 1800 los valles fluviales de Mississippi y Ohio ya se estaban convirtiendo en una gran región fronteriza.

El flujo de población hacia el oeste a principios del siglo XIX condujo a la división de los viejos territorios y a la definición de nuevas fronteras. A medida que eran admitidos nuevos estados, el mapa político se estabilizaba al este del río Mississippi. Entre 1816 y 1821 se formaron seis estados: Indiana, Illinois y Maine (estados libres) y Mississippi, Alabama y Missouri (estados esclavistas). La primera frontera estuvo estrechamente unida a Europa y la segunda, a los asentamientos de la costa, pero el valle de Mississippi era independiente y su población miraba más al oeste que al este.

A medida que más colonizadores se adentraron en las tierras vírgenes, muchos se hicieron granjeros además de cazadores. La cabaña fue sustituida por una cómoda casa de madera con ventanas de vidrio, chimenea y habitaciones divididas, y el pozo sustituyó al manantial. Esos industriosos colonizadores acababan muy pronto con los árboles del lugar, quemaban la madera para obtener potasa y dejaban que los tocones se pudrieran. Cultivaban su propio cereal, legumbres y fruta; exploraban los bosques en busca de venados, pavos silvestres y miel; pescaban en los arroyos vecinos y criaban vacas y cerdos. Los especuladores de tierras compraban grandes extensiones a bajo precio y, cuando el valor subía, vendían la propiedad y se marchaban más al oeste, abriendo así el camino para otros.

Médicos, abogados, comerciantes, editores, predicadores, mecánicos y políticos siguieron pronto los pasos de los granjeros. No obstante, éstos eran la base más firme, pues trataban de permanecer en el lugar donde se establecían y aspiraban a que, después de ellos, sus hijos también vivieran ahí. Construyeron grandes graneros y casas de ladrillo o madera, trajeron ganado mejorado, labraron la tierra con habilidad y sembraron semilla productiva. Algunos erigieron molinos de harina, aserraderos y destilerías; construyeron buenos caminos, iglesias y escuelas; en unos cuantos años lograron transformaciones increíbles. Chicago, Illinois, por ejemplo, no era en 1830 más que una aldea poco prometedora de comerciantes que tenía un fortín; sin embargo, mucho antes de la muerte de sus colonizadores originales ya se había convertido en una de las ciudades más grandes y ricas de la nación.

Entonces era fácil adquirir una granja; desde 1820, las tierras del gobierno se podían comprar a $1,25 la media hectárea y a partir de la Ley de Protección a las Tierras de Colonización de 1862, éstas podían ser reclamadas por cualquiera que se instalara en ellas y las mejorara. Según el comentario del periodista John Soule de Indiana, popularizado por el director del New York Tribune Horace Greeley, en esa época los jóvenes podían "marcharse al oeste y crecer con el país".

Salvo por la migración al territorio de Texas, que pertenecía a México, el avance de la frontera agrícola hacia el oeste esperó hasta después de 1840 para pasar de Missouri e incursionar en el vasto territorio occidental adquirido con la compra de Louisiana. En 1819, a cambio de asumir las reclamaciones de los ciudadanos estadounidenses por 5 millones de dólares, Estados Unidos logró que España le cediera la Florida y sus derechos sobre el territorio de Oregon en el lejano oeste. Esta última región, entre tanto, había llegado a ser un centro de gran actividad con el comercio de pieles y su trascendencia habría de ser mucho mayor que el valor de ese producto. Como en los albores de la exploración del valle de Mississippi por los franceses, el traficante abrió brecha al colonizador más allá de esa comarca. Los tramperos franceses y escocés-irlandeses que exploraron los grandes ríos y sus tributarios y descubrieron los desfiladeros de las Rocallosas y las montañas Sierra, hicieron posible la migración a esas tierras en la década de 1840 y más tarde la ocupación del interior del país.

En general, el crecimiento de la nación fue enorme: entre 1812 y 1852, la población aumentó de 7,25 millones a más de 23 millones y la tierra disponible para los colonos creció en una superficie casi igual a la de Europa occidental, es decir, de 4,4 millones a 7,8 millones de kilómetros cuadrados. Sin embargo, aún no se habían resuelto los conflictos básicos arraigados en las diferencias sectoriales que estallarían en una guerra civil en la década de 1860. También fue inevitable que la expansión al oeste provocara un conflicto entre los colonizadores y los habitantes originales de la tierra: los norteamericanos nativos.

En la primera parte del siglo XIX, el personaje más eminente vinculado a esos conflictos fue Andrew Jackson, el primer "hombre del oeste" que ocupó la Casa Blanca. En medio de la Guerra de 1812, Jackson estaba a cargo de la milicia de Tennessee y fue enviado al sur de Alabama, donde reprimió implacablemente una insurrección de los indígenas creeks. En poco tiempo, éstos tuvieron que ceder dos terceras partes de sus tierras a Estados Unidos. Más tarde Jackson expulsó a varias bandas de seminoles de sus refugios en la Florida española.

En la década de 1820 John C. Calhoun, secretario de Guerra del presidente Monroe, aplicó la política de expulsar a las tribus restantes del viejo suroeste y reubicarlas más allá del Mississippi. Jackson siguió la misma política cuando fue Presidente. El Congreso aprobó la Ley de Desalojo de los Indígenas en 1830, por la cual se aportaron fondos para llevar a las tribus del este más allá del Mississippi. En 1834 se estableció un territorio especial para indígenas en lo que hoy es Oklahoma. En los dos periodos de Jackson en la presidencia, las tribus firmaron en total 94 tratados por los cuales cedieron millones de hectáreas al gobierno federal y docenas de tribus fueron desalojadas de su terruño ancestral.

El capítulo más terrible de esa infortunada historia fue tal vez el de los cherokees, cuyas tierras en el oeste de Carolina del Norte y Georgia les habían sido garantizadas en 1791 por medio de un tratado. Sin embargo, y a pesar de que eran una de las tribus más progresistas del este, en cuanto se descubrió oro en sus tierras en 1829 supieron que serían desalojados. Forzados a emprender un largo y cruel camino a Oklahoma en 1838, muchos de ellos murieron víctimas de enfermedades y privaciones en lo que se ha llegado a conocer como "el camino de lágrimas".

LA FRONTERA, "EL OESTE" Y
LA EXPERIENCIA ESTADOUNIDENSE

La frontera — el lugar donde el territorio colonizado colindaba con las tierras no ocupadas — comenzaba en Jamestown y Plymouth Rock. Se desplazó hacia el oeste por casi 300 años, a través de tierras vírgenes densamente arboladas y llanos yermos, hasta que el censo decenal de 1890 reveló que, por fin, en Estados Unidos ya no había una demarcación distinguible como límite de los asentamientos.

En esa época, a muchos les pareció que un largo periodo había llegado a su fin; un periodo en el que el país había crecido, desde que sólo tenía unos cuantos esforzados enclaves de la civilización inglesa, hasta convertirse en una enorme nación independiente con identidad propia. Era fácil creer que la experiencia de asentamiento y desarrollo posterior, que se repetía sin cesar cada vez que los conquistadores se apoderaban de un continente, había sido el factor definitorio en el desarrollo de la nación.

En 1893, el historiador Frederick Jackson Turner expresó un sentimiento entonces generalizado al decir que Estados Unidos tenía más extensión que Europa, gracias a la frontera. Ésta creó una nación con una cultura que tal vez era menos pulida que la de Europa, pero también era más pragmática, dinámica, individualista y democrática. La existencia de grandes extensiones de "tierra libre" creó una nación de terratenientes y proveyó una "válvula de seguridad" para desahogar el descontento en las ciudades y en las áreas más colonizadas. Su análisis implicó que, sin la frontera, Estados Unidos se habría convertido en forma ominosa en lo que se consideraba como los males europeos de los sistemas sociales estratificados, los conflictos de clases y la falta de oportunidades.

Después de más de 100 años, los especialistas siguen discutiendo cuál fue el significado de la frontera en la historia de Estados Unidos. Pocos creen que haya tenido una importancia tan total como lo sugería Turner, pues su ausencia no parece haber producido consecuencias funestas. Algunos han llegado aún más lejos y rechazan el argumento de Turner como una exaltación romántica de lo que en realidad fue un proceso sangriento y brutal, caracterizado por una guerra de conquista contra México, la comisión de casi un genocidio contra las tribus de norteamericanos nativos y la expoliación del medio ambiente. Ellos afirman que la experiencia común de la frontera fue un cúmulo de penurias y fracasos.

Pese a todo, sigue siendo difícil creer que tres siglos de avance al oeste no hayan tenido impacto alguno en el carácter nacional y resulta sugerente que observadores extranjeros inteligentes, como el intelectual francés Alexis de Tocqueville, se hayan fascinado por el oeste norteamericano. De hecho, según parece, la última región de colonización fronteriza que los estadounidenses de hoy llaman de ordinario "el Oeste", esa vasta superficie que se extiende al norte desde Texas y llega a la frontera canadiense, sigue estando caracterizada por ideales de individualismo, democracia y oportunidad que allí son más palpables que en el resto de la nación. Tal vez también sea revelador que mucha gente de otras tierras, al oír la palabra "estadounidense", identifique a éste tan a menudo con un símbolo de aquella frontera final: el "cowboy".

Capítulo 6: Conflicto sectorial >>>>